Investigadores de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) han demostrado esta semana, mediante un novedoso análisis termométrico publicado en la revista Science Advances, que el Tyrannosaurus rex era un animal endotérmico con una temperatura corporal estable de 36,3 grados Celsius. El equipo dirigido por los científicos Randon Flores y Robert Eagle ha logrado medir el calor interno del mayor depredador del Cretácico, clausurando un debate paleontológico de medio siglo al confirmar que el tiranosaurio poseía un metabolismo rápido e incansable, térmicamente idéntico al del cuerpo humano y muy alejado de la fisiología de los reptiles contemporáneos.
El fin del mito del lagarto aletargado
La regulación térmica de un organismo dicta por completo su posición en la pirámide ecológica, sus patrones de caza y su nivel de actividad física. La ectotermia, propia de animales de sangre fría como los cocodrilos, somete al individuo a los ciclos solares para calentar su cuerpo, imponiendo amplios periodos de letargo y movimientos calculados. Por contra, la endotermia permite a los mamíferos generar su propio calor interno, sosteniendo un metabolismo acelerado y un movimiento constante independientemente de la climatología exterior. Durante décadas, la comunidad científica discutió si el T. rex acechaba a sus presas con la energía inagotable de un mamífero cazador o si necesitaba horas de exposición solar térmica antes de poder realizar una emboscada.
Indicios óseos y evidencia morfológica
Las sospechas sobre un metabolismo acelerado en los dinosaurios terópodos comenzaron a fraguarse en las décadas de los setenta y ochenta. Paleontólogos como Robert Bakker sustentaron la hipótesis de la sangre caliente basándose en la estructura interna de los huesos fosilizados, los cuales presentaban redes de canales de irrigación sanguínea asociados a un crecimiento biológico rápido. La proporción de restos hallados en los grandes yacimientos —una escasa cantidad de carnívoros frente a multitudes de herbívoros— coincidía matemáticamente con la estructura poblacional que exigen los superdepredadores para mantener su alta demanda calórica. El posterior hallazgo de terópodos cubiertos de plumas en China aportó un nuevo nivel de evidencia, al evidenciar que estos animales necesitaban plumaje como aislante térmico natural para evitar la fuga de calor. Faltaba obtener un registro térmico directo.
36 grados: la temperatura del depredador supremo
El equipo de la UCLA ha suplido esa carencia técnica aplicando instrumentación avanzada sobre restos fósiles para aislar el primer registro térmico empírico de la especie. Los datos sitúan el calor interno del Tyrannosaurus rex en 36,3 grados, con un margen de oscilación de apenas 2,5 grados, cifras superponibles a las que registra la biología de los elefantes africanos actuales.
«Nadie ha sido capaz de hacer una medición de temperatura como esta antes», afirma el geobiólogo Robert Eagle, coautor de la investigación. «Descubrimos que el T. rex estaba a 36 grados Celsius, casi igual que los humanos. La temperatura es más o menos lo que yo suponía: más alta que la de un reptil o un mamífero lento como un perezoso, pero más baja que la de un ave. En la actualidad, los reptiles de sangre fría rondan los 28 a 30 grados».
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