
Dos fosas que desestiman la teoría del «culto al cráneo»
Durante décadas de excavaciones, iniciadas a mediados de los 90 por el arqueólogo alemán Klaus Schmidt, los equipos de investigación solo habían recuperado fragmentos óseos dispersos entre los escombros de las estructuras megalíticas. La presencia de este material fragmentado llevó a la hipótesis de que el complejo funcionaba como epicentro de un culto a los cráneos, pese a carecer de pruebas empíricas de sacrificios humanos en el área.
La reciente investigación documenta la localización de dos sepulturas inalteradas. La primera fosa contiene los restos conjuntos de una mujer adulta, un varón joven y una adolescente. La segunda tumba alberga el esqueleto de una mujer de mediana edad, depositada sobre su costado con el cuerpo flexionado hacia dentro.
La acción geológica sobre los restos óseos
El estado de los enterramientos recién localizados permite a los arqueólogos explicar la dispersión de los huesos hallados en campañas anteriores. Los autores del estudio documentan que los restos de las nuevas tumbas presentan fracturas, recubrimientos densos de depósitos de calcio y marcas compatibles con la acción de roedores carroñeros, un patrón de desgaste idéntico al de los huesos esparcidos. Clare y Gresky plantean que el material óseo disperso por el yacimiento no responde a rituales ceremoniales, sino que fue desplazado de su contexto original por procesos físicos naturales, como la erosión del terreno o los deslizamientos de tierra.
Indicios estructurales de una población continua
El hallazgo osteológico se suma a la reciente identificación de áreas dentro del recinto que coinciden con las estructuras utilizadas para el almacenamiento de grano. La combinación de posibles silos de alimentos y tumbas consolida el modelo de que las comunidades de la antigua Anatolia residían en el lugar. El yacimiento atravesó varias fases constructivas entre el 9.600 y el 8.200 a. C., periodo durante el cual las secciones más antiguas eran enterradas de manera intencionada para erigir nuevos círculos de piedra sobre ellas, generando una elevación artificial del terreno que otorga al sitio su nombre actual de «colina panzuda».
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