El verdadero origen del asteroide Bennu al descubierto: las muestras de la NASA rompen el esquema del Sistema Solar

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Un equipo de cosmoquímicos de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich (ETH) ha transformado el escenario establecido sobre la formación de los primeros cuerpos rocosos de nuestro entorno planetario tras analizar apenas medio gramo de polvo y roca del asteroide Bennu. Mediante el estudio de las firmas isotópicas de hierro, titanio y cromo, cuyos resultados publica hoy la revista Science Advances, los investigadores han demostrado que este remanente espacial no se gestó en los fríos confines del sistema, como sugería su alta composición hidratada, sino en una región intermedia donde colisionaron los materiales fundacionales que dieron lugar a la Tierra y al resto de los planetas interiores.

El rastro isotópico que descarta la migración exterior

Con cerca de 500 metros de diámetro y una órbita que lo acerca a nuestro planeta cada seis años, Bennu fue el objetivo central de la misión OSIRIS-REx, cuya cápsula de retorno aterrizó el 24 de septiembre de 2023 con 121,6 gramos de material extraterrestre prístino. Las primeras lecturas de laboratorio detectaron enormes concentraciones de agua encapsulada de forma natural en minerales arcillosos. Ese único factor térmico hizo pensar a los astrofísicos que el objeto se originó más allá del Cinturón de Kuiper, en la misma franja ocupada por los cometas, y que posteriormente sufrió una larga migración hacia el Sistema Solar interno empujado por alteraciones gravitacionales.

Los nuevos datos desestabilizan esa hipótesis de desplazamiento espacial. El equipo dirigido por la investigadora Maria Schönbächler ha determinado que la composición química del asteroide es casi idéntica a la del material primigenio del que surgieron los mundos rocosos más cercanos a nuestra estrella. Las mediciones de los isótopos evidencian que Bennu comparte un perfil exacto con el asteroide Ryugu —analizado previamente por la agencia japonesa JAXA con la sonda Hayabusa 2— y con un grupo extremadamente inusual de rocas espaciales.

La barrera masiva de Júpiter en la línea de hielo

El actual modelo cosmogónico traza la formación de estos cuerpos justo en la llamada «línea de hielo», la frontera geométrica del disco protoplanetario donde la caída de las temperaturas permitía que el vapor de agua se condensara en estado sólido. La formación temprana de Júpiter actuó como un mecanismo de filtrado cinético en esa misma coordenada geográfica. La gravedad del gigante gaseoso bloqueó el tránsito de los fragmentos rocosos de gran tamaño, pero resultó completamente permeable a las partículas microscópicas.

Esa dinámica orbital permitió que el fino polvo procedente de las cálidas regiones internas chocara y se mezclara con los elementos estelares de la zona exterior más fría. De la fusión de estos dos flujos en la línea de hielo emergieron directamente los precursores de Bennu y Ryugu. Este mismo reservorio primigenio alimentó la génesis de las condritas CI, una subcategoría de meteoritos pedregosos carbonáceos de altísima rareza que calca con exactitud la proporción química del propio Sol, tal como documenta el fragmento clasificado como Oued Chebeika 002 recuperado en el norte de África.

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